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ENCUENTROS CON DIOS

 

Cristo transfigurado

 

Detengámonos un instante y aprendamos a orar, orando.

Más allá de los imperativos que, minuto a minuto, nos atrapan y nos arrancan a nosotros mismos, más allá de las sombras que pesan sobre nosotros, a veces como una placa de plomo, entremos profundamente en nosotros mismos, como el que vuelve a encontrar el amor que le hace vivir o como el hijo pródigo del Evangelio, que regresa tras una vida de aventuras, o como Zaqueo, «que quería ver a Jesús». Encontrémoslo en el fondo de nosotros mismos, en la raíz de nuestra existencia; de esta existencia que hemos recibido y que es un don.

En esta vida que puede a veces parecernos desconcertante y misteriosa, acojamos la palabra de Jesús: «Quiero quedarme en tu casa». Más allá de los descuidos, de las infidelidades, de las heridas, reconozcamos quiénes somos en verdad; entremos en esa profundidad siempre viva donde nos está esperando, y ahí, escuchemos esta palabra de Dios: «Antes de formarte en el vientre de tu madre, te escogí»; «Eres precioso a mis ojos, y yo te amo» (Jr 1, 5; Is 43,4).

La oración es un don de Dios al hombre. Acogerlo depende de cada uno, y por eso también es un don que el hombre le hace a Dios.

Os animamos a que pongáis en vuestra vida la oración. Y os proponemos algunos recursos.

¡BUEN CAMINO!

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